Letras

He volcado letras, han aparecido personajes, algunos me quitaron el sueño, hablé con ellos y me contaban cosas, son historias extrañas, a veces sin sentido, a veces demasiado llenas. Se me repite el alma, el silencio y la vida. Historias sin final, y finales en espiral.

EN PROCESO La historia de una historia que vino a buscarme

Han forzado la puerta.
A veces he visto a una pareja mayor acercarse con el coche, tejemanejar en el patio y luego marcharse. No sé si son los dueños o los amos. Eran personajes del tiempo, y ahora lo son los ocupas, con c.
Es una posesión muy pequeñita, pero con un encanto especial, con sus dos torres oliendo el mar y su portal de dintel triangular, rollo italiano. Le echo unos 200 años. Presidida por dos majestuosos almeces, que dan paz gratis, siempre, y sombra en verano. Rompieron una ventana hace poco, y he podido ver la cocina, con sus platos de barro durmiendo sobre la repisa de la chimenea, sus banquetas de cuerda, sus hules de cuadros escondiendo carcoma. Todavía huele a historia.
Pero el reloj me ha dicho que es la hora. Que el tiempo se escapa. Debería llamar al ayuntamiento para avisar de un allanamiento y para que se proteja nuestro pasado y nuestro patrimonio, ya que los dueños no pueden, y sus nuevos habitantes, tampoco.
Aunque sé que no lo haré.
También me lo ha dicho el reloj.

Se llama Yrja, y me ha regalado una historia.
Hoy estaba abierta. Con miedo y perrito he entrado y un chico me ha hablado con acento extranjero: “esta casa es mía” y rápido me ha enseñado dos dnis antiguos, eran su papá y el papá de su papá, que se fue a Rusia con una rusa. A su hermana la pegaron y su mujer está embarazada en el hospital. Los dueños murieron hace unos 15 años. Los ocupas lo tenían todo sucio y estará unos días limpiando, es alemán y no, no le interesa vender nada “porque todo es parte de la casa”. Hemos esperado juntos a que viniera la policía, porque el jardinero de Emaya no le ha creído, pero no han aparecido. He visto maletas, un mueble bar, tres cunas, dos santos, dos cocinas, un armario, un gallinero, un palomar y hasta una puerta secreta. Le he dicho que le ayudaré. No tiene coche y está cojo. Le he dado las gracias por dejarme oler su pasado. Pero,
y si era todo mentira?

“Vivían dos posaderas francesas muy viejas, y una llegó a tener hasta 200 gatos, y la mató uno! (sonríe a carcajadas) se le enganchó en la rueda de la mobilette”. Historias de mi café en el bar. Me la ha contado quien fue el secretario de la asociación de vecinos que allá por el 67 hizo su chalete, y después de narrarme 40 minutos de especulación urbanística ha llegado a contestar a mi pregunta: “no, esa casa no tiene dueños, es del Ayuntamiento… había un conserje y cuando él murió su esposa venía de vez en cuando, hace tiempo que no la veo”. Ayer había ropa negra tendida, calzoncillos rojos (si, rojos) y vaqueros. Pero no hay luz, ni veo hogueras, solo entrar y salir a aquel cojo y fantástico mentiroso chico alemán y a dos hombres más. Encontré fechas, está documentada desde 1644 y, efectivamente, desde 2008 es por compensación, municipal. O sea, un poco mía. Los curas no la quisieron, los vecinos no la quisieron (cae como un castillo de arena bajo lluvia fina) y ahora solo intento que su alma reviva en mis letras, y en mi meterme donde no me llaman, y en vuestro tiempo al leer, gracias. 

Lo sé, no tengo nada que fisgar porque ya la conozco por dentro, pero hay algo que.Ayer a las 8 de la mañana me tropecé de narices con un chico alto, atractivo, limpio, con ropa buena y zapatillas impecables que no se dio ni cuenta de mi temblor, ni de cómo bajé la mirada y escondí el teléfono en el bolsillo, me sonrió e incluso saludó a mi perro. Salía de esa casa. Ya van tres. Lo sé, no hacen ningún mal (creo) y algo me frena y no intervengo. Pero mi imaginación va pasando páginas, dobla esquinas y subraya entre líneas… qué hacen esos chicos viviendo ahí dentro? Sin apenas condiciones habitables, sin luz ni fuego, ni agua corriente. A Yrja lo volví a ver entrando en Mercadona, me fijé en su bastón, la empuñadura de nácar era una preciosidad. Lo siento, no puedo parar esta historia, ni la puedo acelerar. Es como una copa de vino. 

Hay pocas novedades.
El otro día vi a un amigo que estuvo trabajando en el Ayuntamiento y me relató cómo esa casa estuvo a punto de convertirse en la sede de la radio y televisión local, cuando, según él “la política era de verdad y no lo de ahora jaja, si, pregunta, existe hasta la frecuencia” y añadió que debe haber una docena de casas abandonadas como esa de propiedad municipal.
Y esta misma mañana he conocido a Erika, argentina, y a su perra Kaira. Me ha pedido que tuviera cuidado, que no me acerque, que ahí vive una banda de rusos y rumanos que seguro que venden droga, y seguro que piensa que seguro que fueron ellos que quemaron a aquella pobre señora.
Y justo hace unos minutos una pequeña y cálida tulipa encendida me ha llamado la atención en la ventana de atrás. Así que tienen luz, pícaros, intentan disimularla y creen que a nadie le importa.
Se equivocan, a mi si.

Espero que estéis todos bien. En el fondo, cada uno vivimos esta locura como queremos o podemos. Yo por ejemplo, bajo a pasear al perrito, y me encuentro a un tío hablando raro o ruso, solo, descalzo y en calzoncillos que viene hacia mi. Oh, agarro fuerte la cadena del perro (ni que fuera un león) hasta que veo que pasa de largo. Ha ido a por un piedra enorme que sujeta el abrevadero de las palomas. Uf, mal rollo. Yo sigo mirando los pajaritos y rodeando a mi casa de los misterios. Cuando regreso, el tipo resulta que había chafado un iphone y lo estaba desmontando (igual esas piezas se comen, como el piñón de una almendra). Me mira, le miro, disparo a su ropa posando sobre el banco. Negra. Me digo: es uno de ellos. Historias que nacen y crecen en la cotidianidad. Ánimo. 

Llevábamos unas cuatro semanas de confinamiento y creo que fui demasiado lejos.
Era un Sábado por la tarde, justo a la hora que suena la alarma y los últimos empleados de Mercadona cierran las vallas, se despiden con distancia y se van hacia sus coches mientras se oyen los aplausos de pijamas, batas y chándals con niños, madres, abuelas y demás corazones dentro.
Yo no lo hacía coincidir, pero siempre me pillaba por casualidad en la calle, era mi momento entre tarde y noche, entre hoy y mañana, y disfrutaba de salir, sacar al perro y coger aire.
Le vi entrar, con su skate colgado al hombro y su gorra del revés y no pude evitar el impulso de ir tras él.

Lo último que recuerdo es que empujé la puerta muy despacio y entré. Noté un fuerte golpe en la nuca y el mundo desapareció.

Me desperté con los lametazos de ese gato negro sobre mi cara. Los labios me sabían a sangre seca y me dolía todo y en el cielo creo que había un helicóptero de batida. Imagino que me estaban buscando. Llamé a Woody pero no apareció, y acaricié al gato con la punta de los dedos, . ¿Dónde estaban? No se oía nada y se olía todo, a sucio, a humedad y a viejo, vacío y ascuas de la chimenea de otras voces, de otros tiempos. Respiré sin ansiedad, no sé por qué me abandoné ante aquella calma, y solo mi cabeza se movía atrás (qué estaría pasando fuera) y adelante (qué me harían cuando volvieran). El tiempo era el que yo había perdido de control, ni idea de cuánto tiempo llevaba en aquel frío suelo, y ni si era de día o de noche. La luz de la vieja tulipa estaba encendida, pero las ventanas cerradas. Algo así como mi vida en ese instante. —pensé.